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De pata de perroJulio 5, 2008 - Sabado  
 

Alfredo Maillefert


«Quizá estemos despidiéndonos, ahora ya para siempre, de los paisajes michoacanos todos que van sirviendo de fondo a las queridas evocaciones de éste libro*. Si es así, ¡qué honda melancolía, no reflejar ya nunca más en el papel, y sólo fugazmente en la memoria de aquellas montañas, aquellas nubes blancas, las ciudades con sus portales vetustos y sus frescas plazas, las callecitas empedradas que desbocan en el campo o, tal vez en una laguna azul...! Si tal ocurre ¿qué dejar aquí, qué quisiéramos dejar ahora, entre estas páginas como un sensitivo recuerdo: acaso el quiquiriquí de un gallo, o una nube blanca o una flor...?

Sí; dejemos una flor entre éstas páginas, como los tiempos del Romanticismo; y, precisamente una flor cortada allá. Pero ¿cuál, cuál ahora elegir de tantas como halagan nuestra memoria? Una morada bugambilia, de las que crecen apoyadas en las recias y amarillentas piedras del Acueducto -en la antigua Valladolid- o en las soleadas plazas torciendo sus encendidas guías entre las frescas ramas de los fresnos? ¿Una rosa amarilla de aquellas que ponen su fragancia en los cercados polvorientos del Bosque de San Pedro? ¿Tal vez mejor una flor blanca de San Juan, de aquellas que por el lluvioso mes de junio entran en los cuartos, y que van siempre empapadas en la lluvia larga y obscura del día? ¿Acaso un mirasol, una amapola, o una azalea de Uruapan? ¿O un lirio de los que crecen solitarios junto a la laguna de Pátzcuaro? ¿O pondremos simplemente una de esas florecillas sin nombre -gualda o añil- que crecen en las cercas de piedra, comidas por el ganado, o entre las grandes losas de los franciscanos atrios? O pondremos una rosa, colorada rosa, eterna como el verso de Garcilaso?

No, no cortemos ninguna flor. Evoquémoslas, sí a todas; pero dejémoslas cómo y donde están. No abuse nuestra mano de su admirable reposo, de su quietud sólo turbada por unas manos de mujer que las aliñan o las cortan, por la ondas leves del aire, o por las gotas de agua que, como diamantes, resbalan por la suavidad aterciopelada de sus pétalos. No abusemos de su admirable reposo. Dejémoslas libres -como los pájaros, como tantos pájaros, o como las nubes que ponen allá su blancura en el añil del cielo o su sombra lenta sobre el verde de los campos o sobre los limpios empedrados de las callejas...»

Alfredo Maillefert: Ancla en el Tiempo



 © De Pata de Perro