Alfredo Maillefert
«Quizá estemos despidiéndonos, ahora ya para siempre, de los
paisajes michoacanos todos que van sirviendo de fondo a las queridas
evocaciones de éste libro*. Si es así, ¡qué honda
melancolía, no reflejar ya nunca más en el papel, y sólo
fugazmente en la memoria de aquellas montañas, aquellas nubes blancas,
las ciudades con sus portales vetustos y sus frescas plazas, las callecitas
empedradas que desbocan en el campo o, tal vez en una laguna azul...! Si tal
ocurre ¿qué dejar aquí, qué quisiéramos dejar
ahora, entre estas páginas como un sensitivo recuerdo: acaso el
quiquiriquí de un gallo, o una nube blanca o una flor...?
Sí; dejemos una flor entre éstas páginas, como los tiempos
del Romanticismo; y, precisamente una flor cortada allá. Pero
¿cuál, cuál ahora elegir de tantas como halagan nuestra
memoria? Una morada bugambilia, de las que crecen apoyadas en las recias y
amarillentas piedras del Acueducto -en la antigua Valladolid- o en las soleadas
plazas torciendo sus encendidas guías entre las frescas ramas de los
fresnos? ¿Una rosa amarilla de aquellas que ponen su fragancia en los
cercados polvorientos del Bosque de San Pedro? ¿Tal vez mejor una flor
blanca de San Juan, de aquellas que por el lluvioso mes de junio entran en los
cuartos, y que van siempre empapadas en la lluvia larga y obscura del
día? ¿Acaso un mirasol, una amapola, o una azalea de Uruapan?
¿O un lirio de los que crecen solitarios junto a la laguna de
Pátzcuaro? ¿O pondremos simplemente una de esas florecillas sin
nombre -gualda o añil- que crecen en las cercas de piedra, comidas por
el ganado, o entre las grandes losas de los franciscanos atrios? O pondremos
una rosa, colorada rosa, eterna como el verso de Garcilaso?
No, no cortemos ninguna flor. Evoquémoslas, sí a todas; pero
dejémoslas cómo y donde están. No abuse nuestra mano de su
admirable reposo, de su quietud sólo turbada por unas manos de mujer que
las aliñan o las cortan, por la ondas leves del aire, o por las gotas de
agua que, como diamantes, resbalan por la suavidad aterciopelada de sus
pétalos. No abusemos de su admirable reposo. Dejémoslas libres
-como los pájaros, como tantos pájaros, o como las nubes que
ponen allá su blancura en el añil del cielo o su sombra lenta
sobre el verde de los campos o sobre los limpios empedrados de las
callejas...»
Alfredo Maillefert: Ancla en el Tiempo